Un código QR de Signal abre una conversación de Signal con su número. El formato de enlace no admite nombres de usuario ni mensajes preparados, así que este tipo es deliberadamente el más sobrio de los códigos de mensajería.
No hay mensaje preparado, y es un límite del formato y no una función que falte en este sitio. El enlace de Signal sencillamente no define un campo de texto. Ofrecer un campo que no hace nada sería peor que no ofrecerlo: la misma decisión se tomó aquí con Skype.
Su número queda publicado. Signal identifica por número, así que está dentro del código. Quien quiera ser localizable sin imprimir su número está mejor con Telegram, donde basta un nombre de usuario.
En estos mercados Signal está muy por detrás de WhatsApp en uso general, pero asentado en redacciones, despachos y en cualquier trabajo con fuentes. Ahí es donde un código de Signal impreso tiene sentido: no como canal de contacto general, sino como anuncio visible de que existe una vía confidencial.
El caso clásico. Un código en la página de contacto o en papel dice sin muchas palabras que hay una vía reservada.
En un congreso o en una consulta, escanear es más rápido y más exacto que dictar un móvil.
Juntas, equipos de proyecto, voluntariado. Cuando todos tienen ya la aplicación, el código es el camino más corto al primer contacto.
Sin mensaje preparado. El formato no lo conoce. Lo que haya que decir se escribe al lado.
Las dos partes necesitan Signal. Sin la aplicación el enlace lleva a una página web y no a una conversación, que es la situación de la mayoría de quienes pasan por delante.
El número es público desde que se imprime y legible por máquina. Para un número de redacción es intencionado; para uno personal, una decisión consciente.
La cuenta debe estar registrada. Un número sin cuenta de Signal da un código que funciona y no llega.
Sin conexión no hay página. El enlace necesita red para hacer algo.